La Muerte de Medardo: Una Invitación Racial Abierta


Ilustración de Paco Pincay
Guayas, miércoles 10 de julio del 2019
    

Este pequeño artículo busca entender cómo Medardo Ángel Silva, un joven taciturno y de dudosa alcurnia, sería tan vehementemente recordado por nosotros, a tal punto de que hasta uno de sus poemas se convertiría en un pasillo-himno para la nación.

 

Por: Ph.D. O. Hugo Benavides, director del Departamento de Sociología y Antropología, y profesor de Estudios latinoamericanos y latinos, Antropología sy Economía política internacional y desarrollo en la Universidad de Fordham.

 

"Este es mi encanto, llorar por los que no vierten llanto".

 

Hace exactamente 100 años dejó de existir Medardo Ángel Silva. Asumimos que fue un suicidio, aunque su entonces joven enamorada, de apenas 15 años, parece haber estado distraída cuando simplemente oyó el disparo y vio a Medardo desplomarse. Esa fue la conclusión del peritaje policial, mientras que los sentidos poemas de Medardo ayudaron a cerrar el caso más contundentemente. 

Nadie hubiese acertado que este joven taciturno y de dudosa alcurnia sería tan vehementemente recordado por nosotros y, que uno de sus poemas, se convertiría en un pasillo-himno para la nación. Es casi como si la invitación abierta, hecha por la familia (ver figura 1), para el sepelio y para llevar su cuerpo al cementerio general sobre el que tanto meditó hubiera sido una invitación inconsciente a rememorar aquellos elementos que le causaron tanto dolor en su vida y que servirían a definir la futura identidad guayaquileña.

Es imposible definir el porqué de la inmensidad del dolor de Medardo: el porqué su “envejecer tan prematuramente,” y adquirir “el gesto de precoz amargura”. La crítica literaria tradicionalmente ha buscado responder esta interrogante en un amor romántico, posiblemente hasta  adolescente y excesivo, que le permitió ensalzar este sentimiento sobre todas las cosas, incluyendo sobre su propia vida.

Pero a 100 años de su muerte vale preguntarse por qué ese amor obsesivo podría definir la ciudad y la celebración de su memoria. Aún más, cuando Guayaquil no es Cuenca y los hitos de la ciudad suelen ser más corporales (y sexuales) que uno de amor y  fidelidad. Es un error no entender a Medardo más completamente y como parte de un puerto y de una metrópolis moderna en donde la realidad racial marca, de una manera trágica y a diario, el vivir de sus congéneres.

La discriminación racial sufrida por Medardo marcó su existencia, llenándolo de un profundo dolor y rechazo desde muy niño. Además este rechazo racial es algo que los guayaquileños aprendemos a la par con la leche materna. Para Guayaquil esta preocupación racial es más apremiante porque históricamente ha buscado alejarse de lo indígena.  Sostenemos que lo indio es lo serrano y no nosotros, aun cuando la ciudad está y continúa siendo conformada por una gran migración serrana. Esto sin mencionar la amnesia histórica que recuerda una pareja indígena heterosexual, Guayas y Quil, que nunca existió, pero niega una verdadera genealogía indígena pre-hispánica y actual.

Medardo menciona esta obsesión racial en sus escritos, el de no ser lo suficientemente blanco, que lo que crean negro (o cholo) en una sociedad marcada por la discriminación racial, en donde como te ven te tratan. Era imposible para sus conciudadanos creer que los sentimientos supuestamente puros y nobles de Medardo podrían salir de un cuerpo con melena, negro o cholo, es decir no blanco o europeo. He ahí también la obsesión literaria de Medardo por lo francés y de los guayaquileños por lo gringo (sin mencionar que ya Gabriel García Moreno invitó a Francia a colonizarlos en los 1860s). Todo, menos reconocer lo indígena y cholo que podríamos ser y somos.

Esta existencia poscolonial Medardo la vivió en carne propia.  Y posiblemente es ese dolor racial que fue ratificado en un exaltado amor (o como se ha dicho, excesivo) por lo puro y blanco, supuestamente normativo, lo blanco.  Es esta relación del arte con la sociedad, que el investigador galés Raymond Williams nos ayuda a entender, con sus estructuras del sentimiento, cómo las emociones no nacen de la nada, sino de una larga raigambre cultural. Los sentimientos celebrados en la poesía de Medardo reflejan una condición poscolonial de nunca llegar a ser tan completo y superior como aquellos que nos colonizaron.

De esa manera, la poesía de Medardo se vuelve más inteligible y humana, como un canto de dolor al ser rechazado, por ser lo que era y no permitírsele llegar a ser quien quería ser.  Es ese mismo rechazo que nos ha definido como guayaquileños, el que le ha permitido a múltiples generaciones encontrar sosiego en su poesía (y en la voz de Julio Jaramillo). Nadie nos podrá borrar el sentirnos rechazados, especialmente cuando a quien queremos nos rechaza por no ser lo suficientemente blanco o civilizado, pero ayuda enormemente saber que no somos los únicos que nos sentimos así. Peor aún, cuando no es de buenas costumbres hablar de inferioridad racial o se consideraría cholo hacerlo y peor, no ser normativo en todas las índoles sociales, especialmente cuando al género y a lo sexual se refiere.

Seguramente por eso que es tan difícil aceptar que somos más parecidos a Medardo de lo que quisiéramos. Y que el rechazo racial, que él vivió en vida y que hemos intentado reprimir en su muerte, no solo nutrió su corta experiencia y escritura, también nuestra admiración y obsesión por su poesía y memoria. 

Será por eso que también es tan difícil considerar que pueda ser que el amor obsesivo de Medardo no era por una niña de quince años, sino por el mejor amigo de su misma edad y de su mismo sexo que murió ahogado en el río Daule, una semana antes del fatídico 10 de junio.  Es tan doloroso, tanto como la poesía de Medardo, que por un siglo hayamos podido rechazar y borrar este amigo de Medardo de la memoria colectiva. Pero un amor así no entra fácil en la historia de princesitas y de hadas madrinas que, como guayaquileños, nos han enseñado y fingimos vivir.

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Fuente: Revista Cuadernos de la Casa, quinta edición.

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