Publicaciones Casa de la Cultura Ecuatoriana

Huellas que no cesan

Una casa del tamaño de un país

El gran José Martí creía que la historia del hombre podía ser contada por sus casas. Sí, porque la dialéctica de la vida, el comportamiento social, las vicisitudes humanas se reflejan en la casa. Más aún si esta casa es tan grande como un país, si es tan sabia como el abuelo, si es tan generosa como la madre.

Este libro, que también es una casa, porque una casa es quien la habita, abre sus puertas históricas, recoge los pasos del pensamiento ecuatoriano, abre ventanas, prende luces, inserta grafías, para que entre el mundo y se entere de que por su interior aún gravita y se agita la libertad, la creatividad, la utopía, ese sueño de una democracia sin fin, esos hombres y mujeres que enriquecieron la cultura, que dignificaron las luchas libertarias, que agitaron la idea de volver a tener patria, cuando ésta fue humillada y ofendida, no por un pueblo hermano, sino por los sicarios de oligarcas y de guerras.

«Nadie es la patria, pero todos lo somos», dice Borges, y de la misma manera creemos que nadie es la cultura pero todos lo somos. La cultura es a la patria como la madre al hijo, su protección y su abrigo, por eso en una sociedad no reina el juez, sino el creador, y es ese creador, hombre y mujer, joven y niño, el que alienta estas páginas. Páginas recogidas con amor, con respeto, para dejar marcado el camino de setenta años, el camino que el pensador, el artista, el músico, el teatrero, el poeta, el sabio han hecho al andar las tortuosas calles de la vida.

Hoy, al cumplirse un aniversario más de esta Casa de sueños, como lo dije algún momento, ya se está regando la voz de que es una Nueva Casa, una Casa renovada, un espacio público descentralizado, democrático, incluyente, cuyo mensaje se replica en los 23 Núcleos Provinciales de cada rincón de la patria, es decir, donde trabajamos todos, colectivamente, a fin de inventar las condiciones necesarias para que surjan los miles de artistas que deambulan con su maravilla oculta, invisibilizados por una sociedad alienante, cruzada infamemente por el espectáculo mediocre, por las burdas aspiraciones del mercado del entretenimiento, por los grotescos prototipos de comportamiento que no nos pertenecen.

La cultura, sí, esa cultura como la expresión más rica y sabia del pueblo es la esencia viva y permanente de la convivencia humana, de la relación que establecemos con el otro, con la naturaleza y con las expresiones de la sensibilidad y del espíritu revolucionario, porque pensamos, junto a Brecht, que nuestro país, cualquier país, necesita de la cultura, del arte, para hacer practicable lo que políticamente es justo.

El ser humano, antes de todo. Esa es la consigna ahora, el ser humano antes del capital. Es decir, no una cultura del espectáculo, sino una política cultural que dignifique, aliente, proteja al artista auténtico, al artista diverso, a la rica expresión multicultural e intercultural. No necesitamos una persona, sino una personalidad colectiva, porque la interculturalidad es una sociedad integrada. Es disfrutar y aceptar distintas formas de saberes, integrarnos con nuestros propios saberes. La cultura está. La cultura no muere; se lleva en las venas. La interculturalidad es una forma de vida y de respeto al otro. No hay culturas mejores o peores. Todas son reales, diferentes, dialécticas, necesarias.

Abrir entonces estas páginas, porque aquí está el milagro y el testimonio de cuál es el camino que se recorre a fin de educar para ser y no educar para tener. Porque primero hay que enriquecer la sensibilidad, el corazón, para que el conocimiento sea fuente de solidaridad y respeto a los demás. Ya lo decía Neruda: "mis deberes caminan con mi canto", los nuestros también.

Raúl Pérez Torres
Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana

[Colección: Varios - Materia: Historia - Libro - Formato: - ISBN: 9789978627846 - Fecha: 2014/11 - Páginas: 422 - Precio: 40 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional]


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Una casa del tamaño de un país

El gran José Martí creía que la historia del hombre podía ser contada por sus casas. Sí, porque la dialéctica de la vida, el comportamiento social, las vicisitudes humanas, se reflejan en la casa. Más aún si esta casa es tan grande como un país, si es tan sabia como el abuelo, si es tan generosa como la madre. Esta exposición, que también es una casa, porque una casa es quien la habita, abre sus puertas históricas, recoge los pasos del pensamiento ecuatoriano, abre ventanas, prende luces, inserta grafías, para que entre el mundo y se entere de que por su interior, aún gravita y se agita la libertad, la creatividad, la utopía, ese sueño de una democracia sin fin, esos hombres y mujeres que enriquecieron la cultura, que dignificaron las luchas libertarias, que agitaron la idea de volver a tener patria, cuando ésta fue humillada y ofendida, no por un pueblo hermano, sino por los sicarios de oligarcas y de guerras.

«Nadie es la patria, pero todos lo somos», dice Borges, y de la misma mane-ra creemos que nadie es la cultura pero todos lo somos. La cultura es a la patria como la madre al hijo, su protección y su abrigo, por eso en una sociedad no reina el juez, sino el creador, y es ese creador, hombre y mujer, joven y niño, el que alienta estas fotografías. Fotos recogidas con amor, con respeto, para dejar marca-do el camino de setenta años, el camino que el pensador, el artista, el músico, el teatrero, el poeta, el sabio han hecho al andar las tortuosas calles de la vida. Hoy, al cumplir un aniversario más de esta Casa de sueños, como lo dije algún momento, ya se está regando la voz de que es una Nueva Casa, una Casa renovada, un espacio público descentralizado, democrático, incluyente, cuyo mensaje se replica en los 23 Núcleos Provinciales de cada rincón de la patria, es decir, donde trabajamos todos, colectivamente, a fin de inventar las condiciones necesarias para que surjan los miles de artistas que deambulan con su maravilla oculta, invisibilizados por una sociedad alienante, cruzada infamemente por el espectáculo mediocre, por las burdas aspiraciones del mercado del entretenimiento, por los grotescos prototipos de comportamiento que no nos pertenecen. La cultura, sí, esa cultura como la expresión más rica y sabia del pueblo es la esencia viva y permanente de la convivencia humana, de la relación que establecemos con el otro, con la naturaleza y con las expresiones de la sensibilidad y del espíritu revolucionario, porque pensamos, junto a Brecht, que nuestro país, cualquier país, necesita de la cultura, del arte, para hacer practicable lo que políticamente es justo. El ser humano, antes de todo. Esa es la consigna ahora, el ser humano antes del capital. Es decir, no una cultura del espectáculo, sino una política cultural que dignifique, aliente, proteja al artista auténtico, al artista diverso, a la rica expresión multicultural e intercultural. No necesitamos una persona, sino una personalidad colectiva, porque la interculturalidad es una sociedad integrada. Es disfrutar y aceptar distintas formas de saberes, integrarnos con nuestros propios saberes. La cultura está. La cultura no muere; se lleva en las venas. La interculturalidad es una forma de vida y de respeto al otro. No hay culturas mejores o peores. Todas son reales, diferentes, dialécticas, necesarias. Apreciar entonces estas fotos, porque aquí está el milagro y el testimonio de cuál es el camino que se recorre a fin de educar para ser y no educar para tener. Porque primero hay que enriquecer la sensibilidad, el corazón, para que el cono-cimiento sea fuente de solidaridad y respeto a los demás. Ya lo decía Neruda: "mis deberes caminan con mi canto", los nuestros también.

Raúl Pérez Torres Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana

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