¿Y el patrimonio, qué?


Barrio Las Peñas: La Calle Numa Pompilio Llona y la fachada de sus antiguas construcciones posteriores al incendio de 1896 se han mantenido casi intactas hasta la fecha.
Guayas, jueves 25 de julio del 2019
    

Guayaquil posee 623 bienes inmuebles patrimoniales, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, de los cuales varios de ellos se están perdiendo y otros son trasladados a otros entornos.

Por: Fernando Insúa, artista plástico e investigador.

En un café de Guayaquil, por la esquina de la nueva Biblioteca de la Universidad de las artes, un edificio patrimonial, construido en 1954, donde funcionaba el Banco de Descuento y tras su quiebra, a finales de los 80, se transformó en la sede de la Superintendencia de Compañías hasta 2015, me reúno con Ricardo Bohórquez, un arquitecto y fotógrafo que trabaja en documentación de arte y en proyectos culturales, para conversar sobre el patrimonio arquitectónico guayaquileño.

Entre las ideas que cruzamos sobre su identidad urbana y patrimonial, nos parece que la ciudad está inconclusa y con heridas abiertas. Creemos que el patrimonio arquitectónico de Guayaquil tiene cuatro asesinos (el Municipio, el Gobierno central, la empresa privada y su gente) y también tiene redentores parciales. Según cifras del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, la ciudad registra 623 bienes inmuebles patrimoniales.

Si bien, el Municipio de Guayaquil viene interviniendo en algunas edificaciones, como el Palacio Municipal, el Museo Municipal, el Mercado del Sur, entre otras es por conceptos funcionales o por políticos coyunturales. Tal vez, podría darse el caso, por esfuerzos aislados de algunos de los integrantes responsables del departamento municipal de Cultura, como es el caso de la gestión del arquitecto Melvin Hoyos.

Más que por un plan integral patrimonial de la Alcaldía, cosa inexistente al parecer, en ninguna de las administraciones socialcristianas y de anteriores partidos, hace décadas, se han generado propuestas concretas del cuidado de los bienes patrimoniales y arquitectónicos de la ciudad ni normativas para renovar la arquitectura tradicional de la ciudad. Es más, desde el gobierno local, no se evita que el éxodo del centro de la ciudad a otros cantones continúe, lo que ha provocado que varios edificios históricos, de estilos neohistoricistas, art nouveau y art déco, queden virtualmente vacíos.

Si bien la intervención en el emblemático barrio Las Peñas, primer barrio de la ciudad, puede citarse como un intento parcial de conservación, ya que las fachadas están regeneradas, esto no es una reforma completa del patrimonio. Las casas, en su interior, están huecas y mucha de la ornamentación original no existe.

En cambio, algunas ciudadelas que posee una arquitectura interesante están sucumbiendo ante la destrucción de su patrimonio. Urdesa es un ejemplo. Esta ciudadela, ubicada al norte de la urbe, se caracteriza por sus viviendas con estilo moderno de los años 50´s, con un toque tropical y con amplios jardines arborizados, pero los está perdiendo. Las casas se están convirtiendo en bienes con fines comerciales, cediendo así sus fachadas y jardines a un burdo vestido hecho de plástico con armazón de aluminio (alucobond), muy común en la ciudad. De esta forma, los edificios y las casas clásicas se envuelven con una falsa modernidad, destruyendo el lenguaje urbano.

Los barrios Orellana, Bolivariano y 9 de Octubre son otros de los sectores de Guayaquil que carecen de la valoración que les corresponde, no solo por su arquitectura, sino por las grandes personalidades que la han habitado (presidentes, catedráticos, gestores culturales, entre otros).

Sin embargo, los errores épicos los ha cometido el gobierno central, entre ellos, la construcción del Parque Histórico Guayaquil por parte del Banco Central del Ecuador, en 1997, a orillas del río Daule, en la vía a Samborondón, otro cantón. A este sitio fueron trasladados los edificios clásicos de Guayaquil, lejos de sus puntos orgánicos.

Allí se hizo una falsa concepción de regeneración patrimonial, para el espectáculo, hecha de oropel, como diría el arquitecto y fotógrafo Ricardo Bohórquez: “Un zoológico de casas históricas”. Un ejemplo es la Casa Rosada, construida entre 1922 y 1930, la antigua vivienda de madera más larga de Guayaquil. Esta fue trasladada al Parque Histórico Guayaquil. En su sitio original, ubicado en las calles Boyacá entre Junín y Luis Urdaneta, centro de la ciudad, se edificó, en 2004, una copia en cemento perdiendo completamente su sentido original.

Los ejemplos citados son unas de las destrucciones de los bienes patrimoniales provocados, tal vez, por el descuido de quienes, por ignorancia de no saber qué es o no es patrimonio, por creer que en el gran incendio, ocurrido en octubre de 1986, quemó todo lo “antiguo” y por motivos económicos se vendan los ojos ante las bellas e históricas edificaciones, ante el verdadero patrimonio arquitectónico de la ciudad.

La empresa privada ajena, al parecer, a ese pasado filantrópico -las grandes y las medianas fortunas de la ciudad buscaban conservar los lugares emblemáticos y crear nuevos referentes urbanos, dejaron, como legado, a los edificios de la Junta de Beneficencia y el Parque Seminario-, ha caído en el olvido. Cada vez son más las organizaciones que compran casas y edificios para fines comerciales, destruyéndolas, con el falso concepto de remodelación, y bajo directrices de arquitectos extranjeros que desconocen nuestra cultura y construyen bienes que provocan una sensación de que eso es ajeno y, a su vez, poco amigable con el entorno, con el clima, con nuestra historia e inclusive carecen de lógica estética.

Pero nosotros mismos, los ciudadanos de a pie, no valoramos lo que tenemos ni lo que somos. Sabemos que mantener el patrimonio no es barato; sin embargo, la casa donde se encuentra el Consulado de Mónaco y las sedes centrales del Benemérito Cuerpo de Bomberos son costosas de mantener, pudiéndose gastar, pero los resultados son evidentes al ver pisos elegantes en madera original curada, fachadas clásicas con los colores de la época, mampostería en óptimas condiciones y sentir sobretodo un renacer histórico ante nuestros ojos y el orgullo hacia nuestra ciudad y su entorno.

Aunque mantener nuestro patrimonio arquitectónico (de madera, de cemente u otro material) puede resultar muy costoso y para unos anticuado, este debe protegerse. Llevamos una historia de más de 200 años de identidad constructiva y social en nuestras calles, de la cual, en la contemporaneidad que vivimos deberíamos de hacernos sentir orgullosos, pero también hay que valorarlos.

https://bit.ly/2MdPUeI
Fuente: Cuadernos de la Casa, cuarta edición.

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