Publicaciones Casa de la Cultura Ecuatoriana

Historia y antología de la literatura ecuatorian Tomo XII

Introducción

Se ha manifestado, con bastante acierto, que el país que no tenga leyendas está condenado a morir de frío y que el pueblo que carezca de mitos, está ya muerto.

 Las culturas indígenas ecuatorianas, anteriores a la llegada de los conquistadores españoles, llamaron huairapamushcas (venidos con el viento) a quienes no pertenecían a la comarca en donde estaban asentadas sus raíces, querencias y heredades. Esta palabra se sigue utilizando todavía para referirse a los forasteros, que arriban, en diferentes condiciones, a los lugares que reciben a estos migrantes: unos que se quedan, definitivamente y asimilan, a la postre, la identidad de la tierra que les acoge; otros, de poco tiempo, que pasan, precisamente, como lo hace el viento en sus vacíos, sin huella ninguna, porque ese medio, que les brinda hospitalidad, les es extraño.

 El comienzo de todas las naciones se encuentra en las leyendas y en los mitos, los que han perdurado a lo largo de los siglos a través de la versión oral de los abuelos, de generación en generación; por eso no han muerto y viven en la conciencia colectiva, afianzando los orígenes, como esas vertientes cristalinas que brotan del interior de las montañas para dar forma, luego de largos recorridos y de la unión con otros manantiales y cauces, a los ríos anchos y profundos que desembocan en el océano.

 No de otra manera ha de entenderse la explicación del mundo hecha por los primeros pobladores que conformaron su cosmovisión de acuerdo a las características de la época y crearon símbolos y más referentes de su razón de ser, entre fenómenos naturales que no eran fáciles de entender sino acudiendo a la versión fabulosa, de carácter educativo, que narraba, desde edades que nadie conocía, acontecimientos que iban transmitiéndose con el impulso de la tradición y la sapiencia de los ancestros.

 La leyenda y el mito están relacionados muy estrechamente por el nexo de la antigüedad que les configura: en alas de la fantasía, ambos cuentan o explican episodios de naturaleza diversa. Ninguno de ellos puede ser comprobado científicamente; no obstante, ambos son muestras valiosas de la cultura popular que prevalece en la región de donde proceden y que dan pistas para comprender la idiosincrasia de los conglomerados humanos, asentados en tal o cual circunscripción geográfica.

 La literatura nació con este tipo de relatos, generalmente anónimos; luego vino el escritor que los recogió y plasmó en letras para que sigan perdurando, con mayor solidez, en la memoria individual y colectiva. Hay todavía pueblos que siguen manteniendo de manera oral estos patrimonios; son los que aún no alcanzan el beneficio de la escritura y existen en las inmensidades de las selvas, conservando sus propias formas de existencia y a los que se les conoce como no contactados.

 Las semejanzas entre mitos y leyendas son exuberantes, por su carácter de ficción; las diferencias pueden establecerse en que los mitos son relatos de seres fabulosos, que llegan a los dominios de los dioses, semidioses o héroes de excepcional categoría, que sobrepasan las capacidades de los seres humanos, por eso se les cataloga como sobrenaturales; las leyendas son más modestas, no alcanzan las amplias dimensiones de los mitos que parten desde el nacimiento del universo y de la humanidad.

 Anhelo que estas leyendas y mitos incrementen la llama de pertenencia, arraigo y amor a una Patria multicultural y pluriétnica, como es la nuestra, de variada y propia riqueza cultural, cuyos valores y principios convergen en la sabiduría del pueblo, como herencia común de los antepasados, la que debe ser valorada y respetada, con la alta categoría de patrimonio inmaterial, intelectual o intangible, con el valor agregado de ser amasado en siglos que se pierden en lo inmemorial o intemporal, cn lo que se denomina a-histórico.

En la Constitución aprobada por la Asamblea Constituyente del año 2008, en Ciudad Alfaro, Montccristi, provincia de Manabí, se ratificó el reconocimiento de la interculturalidad y plurinacionalidad del Estado ecuatoriano. Previamente, en agosto de 2007, el Congreso Nacional aprobó la Ley Orgánica de las Instituciones Públicas de los Pueblos Indígenas del Ecuador y la aprobación del Consejo de Desarrollo de estos pueblos y nacionalidades (Codenpe), integrado por un representante de cada una de esas agrupaciones de raíces ancestrales:

En la Sierra, la nacionalidad quichua, integrada por los pueblos panzaleo, salasaca, saraguro, quitu- cara, caranqui, natabuela, chibuleo, guaranka, cañari, puruhá, otavalo, quisapincha, cayambi, tomabela, pasto y palta; En la Costa, las nacionalidades awá, chachi, epera y tsáchila, y los pueblos manta, huancavilca; y,

En la Amazonia, las nacionalidades cofán, secoya, siona, huaorani, shiwiar, zápara, achuar, shuar, andoa y quichua. A este mosaico étnico, de riqueza cultural, se añadió el pueblo negro o afrodescendiente, a lo que hay que añadir la población blanco-mestiza, que predomina en número y conserva, igualmente, sus propias y absorbentes concepciones mentales, usos y costumbres.

En el escenario descrito, se justifica la variedad de población existente en los territorios del actual Ecuador que guarda marcados espacios de la otredad. Los pueblos cuyos orígenes datan de la época prehispánica son diferentes entre sí, no solo en el vestido, como lo demuestran sus lenguas maternas, en peligro de que desaparezcan por la absorción de la sociedad envolvente.

 Debe desaparecer aquel concepto errado de considerar todo lo anterior a la presencia española como exclusivamente quichua, no es así: la nacionalidad ecuatoriana adviene desde tiempos inmemoriales, desde hace más de treinta mil años, solamente la categoría de Paleoindio data de hace más de diez milenios: su mejor muestra son las puntas y más objetos de obsidiana de los cazadores del Ilaló, al suroriente de Quito.

 No hay que desconocer que hubo el Quichua-Quiteño y el Quechua-Cuzqueño, habiéndose estructurado el primero, con la denominación de QUITWA, antes de la conquista incaica. Los incas estuvieron en parte del Ecuador contemporáneo, singularmente en la Sierra, por espacio de solo y aproximadamente cincuenta y dos años, ubicados entre 1480 a 1533, habiendo sido gobernados en el último período por los quiteños, con Atahualpa a la cabeza; la huella de los otros pueblos originarios que poblaron nuestras tierras proviene de un pasado de milenios y que el Padre Juan de Velasco los estudió.

 A estos grupos hay que añadir a los negros, que llegaron con los ibéricos hace más de quinientos años: hicieron menos agobiante su esclavitud con los cantos, danzas, remembranzas y tradiciones que conservaron de su África nativa. Los afrodescendientes, quedaron asentados en Esmeraldas y en el valle del Chota, evadidos de Panamá, comprados en Cartagena de Indias para laborar en las plantaciones de los jesuitas, salvados del naufragio en punta Manglares, en la boca del Mira y protegidos por el capitán Alonso Sebastián de Illescas, como se hacía llamar el negro Alonso que había tomado el nombre de su patrón; hubo también los traídos de Jamaica, para la construcción del ferrocarril Quito-Guayaquil que llegó a nuestra capital, a la estación de Chimbacalle, en apoteósica ceremonia, cumplida el 25 de junio de 1908 y presidida por Eloy Alfaro, entonces presidente de la República y gran propulsor de esta obra magna.

 Por todo esto, se ha definido a la sociedad ecuatoriana como una civilización de vertientes, por aquella impronta de convivencia y fusión de múltiples etnias que ha conformado nuestro tejido social, conformado, esencialmente, con elementos indígenas, ibéricos y africanos. Etnias que tienen cada una sus genuinas concepciones de la vida y del universo, que laten al impulso de lejanos calores que se mantienen en el caudal de la sangre, en el crisol del mestizaje, para dar forma a la raza cósmica, que con tanto acierto definió ala de América Latina José Vasconcelos, de tan grata memoria, singularmente en la Universidad Autónoma de México (Unam).

Esta mezcla, no solo lingüística sino de procedencia localizada en los cuatro puntos cardinales, que es producto de la marcha del tiempo, ha dado forma al sincretismo, definido por la Antropología Cultural como el proceso de transculturación o mestizaje entre culturas distintas, cuyo mejor ejemplo se aprecia en la unión de las prácticas festivas y religiosas características de los indígenas con las traídas por los europeos, cual el caso del Corpus Christi que, en sus raíces preincaicas, al rememorar el culto y la gratitud al sol y a la fecundidad de la tierra, fue mezclada con las concepciones que trajeron los llegados de ultramar, dentro del catolicismo: de allí, el éxito en la asimilación de los autóctonos para su ingreso a los templos cristianos donde la figura del sol y la luna, sus dioses tutelares y vernáculos, todavía están junto a las efigies de Jesucristo y los santos.

 Bajo este concepto de sincretismo tienen que hacerse los análisis y más estudios para determinar originalidad e influencias, bajo la premisa de que no existen culturas de pureza absoluta, y no pueden haber jamás, ya que la sociedad es dinámica; incluso en las tribus perdidas en la Amazonia se han localizado indicios de influencias culturales externas a su medio.

 En estos ámbitos, del pretérito constructivo, en planos de espontaneidad y sencillez, se desenvuelven los principios y fundamentos socioculturales que, en no pocos casos, entrañan relatos maravillosos y lecciones de hondo sentido moral que ayudan a tener una vida mejor, como podrá apreciarse en el contenido de este libro.

Franklin Barriga López

[Colección: Historia y antología de la literatura ecuatoriana - Materia: Historia - Libro - Formato: 15 x 21 - ISBN: 978-9942340023 - Fecha: 2019/02 - Páginas: 352 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional]


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