Publicaciones Casa de la Cultura Ecuatoriana

Los animales puros

Un 14 de junio del año 1994, Pedro Jorge Vera cumplía sus extraordinarios ochenta años. En el homenaje que le hicimos sus amigos, tuve el gusto de decir estas palabras que, ahora, a cien años de su nacimiento, bien vale recordar.

Dice así: "En Guayaquil, en la Plaza del Centenario, desde una ventana apolillada y ennegrecida por el tiempo, un niño descalzo presenciaba atónito la masacre militar ordenada por un gobierno mediocre, contra la primera insurgencia proletaria. La fecha: 15 de noviembre de 1922. El niño: Pedro Jorge Vera, niño que por esa fecha cumplía ochenta años de golpe, como ahora en que festejamos sus primeros ocho. Era ese niño, entonces, el que luego nos daría tantos dolores de cabeza a propios y extraños. Quizá porque esa primera visión inflamó su espíritu y grabó con sangre aquella frase de Martí, que hasta ahora Pedrito la canta desde que amanece el día:

Con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar.

Bueno, desde que amanece, es un decir, porque antes de cantar a las cinco de la mañana, prefiere despertarnos por teléfono, con su voz arrabalera, a los amigos que tanto le queremos, pero que pensamos absurdamente que la vida empieza un poco más tarde. Especie de gallo multicolor que anuncia el alba. Gallo en todo sentido, incluso en el que lo daba José de la Cuadra, su ñaño del alma, cuando le preguntaban por qué escribía solamente cuento y no novela y él respondía con una sonrisa amplia y satisfecha: «Yo soy como los gallos: acabo pronto».


Perdonen esta falta de solemnidad, pero sería una actitud fascista ser solemne cuando se dirige a un niño, que es eso ahora mi padre Pedro Jorge, cansado un poco de ser hombre infatigable toda la vida. Lo que pasa es que mi palabra escrita, pocas veces se ha llenado de alegría, como ahora, en que miro de cuerpo entero lo que la inteligencia y el coraje pueden hacer con nuestro tiempo, porque, quién como él puede decir, mientras fuma su pipa, molesta con sus interminables pistachos, riega la ceniza y el ron en la alfombra: «Me siento orgulloso de haberme mantenido en mis trece, de no haber claudicado jamás, ni cuando la miseria material me ha mostrado su espantoso rostro.

Orgulloso de mi compañera y de los cuatro hijos que he procreado. Les lego el ejemplo de una existencia pobre y tormentosa, pero limpia, pero digna, pero plena de humanismo». Llegar a eso es suficiente para una vida, así haya cometido ciertos pecadillos capitales, no capitalistas (¿capitales o veniales?) como aquel de haber sido velasquista, en la Gloriosa del 44, ese 28 de mayo cuando Pedro Saad viejo corría por las calles de Guayaquil, emulando a Lenin, y gritando: «todo el poder para Velasco», porque los sóviets sabios ya habían ganado su batalla; o aquel otro pecadillo de dejarse apadrinar por Velasco en su primer matrimonio, quizá con la secreta esperanza de él también llegar a cinco, sin pensar que con Eugenia Viteri le llegaría la dictadura, una dictadura preciosa, inteligente, solidaria, que duraría hasta hoy, dictadura por cierto, desconocida en nuestra América.

Las lenguas viperinas dicen que por una mala lectura de Nietzsche suprimió a Dios, pero que por alguna razón apologética o misteriosa logró quedarse con su túnica de humildad, de justicia y de ternura y que así lo miraron las gentes de Guayaquil cuando apenas a sus 19 años, luego de una huelga estudiantil, era conducido por las calles, esposado, cuarenta cuadras, hasta llegar al lecho tibio de la cárcel. Tibio, porque toda cárcel es un alivio si las ideas salen de paseo. Seguramente, desde ese tiempo Joaquín Gallegos era el culpable. Joaquín Gallegos, a quien nuestro Pedro —que no es el carpintero de la Biblia— lo cargaba en sus espaldas por las calles de Guayaquil sólo para escuchar su sabiduría milagrosa. Joaquín Gallegos, ese suscitador que algún día le mintió con un cariño revolucionario y habló de la poesía horaciana de Pedro Jorge Vera, sólo para descubrirle esa permanente voluntad y obsesión que exige la literatura.

Joaquín Gallegos, aquel hermano mayor a quien, enfermo, en estado de coma, los generosos gringos le negaron la visa. Menos mal, porque capaz que se nos moría por allá. Pedro Jorge sin Dios, pero hombre que ha cumplido los mandamientos de la ley del hombre: ser insurgente, ser libre, ser bueno, ser justo. Quizá por ello la vida le protegía y hasta cuando le ponían bombas, los represores se equivocaban y desgraciadamente explotaban en la casa de al lado. Cuando editaba la revista La Calle, con Alejandro Carrión —el bueno—, y había escrito una diatriba contra el conde Manuel Jijón Flores, llegaron a la revista dos caballeros almibarados que notificaron a Carrión del duelo al que le desafiaba su patrón.

Carrión, eludiendo semejante bulto —ya se sabe que los escritores sólo aceptan duelo con la muerte—, les comunicó que el autor del artículo no era él sino Pedro Jorge. Los caballeros volvieron apesadumbrados después de unas horas a comunicarle al asustado Alejandro que: «De todas maneras el señor conde va a tenerse que batir con usted, ya que no puede hacerlo con el señor Vera por ser éste descendiente de esclavos». Es obvio, hay un Dios particular que le ha protegido a Pedro para nosotros, para que podamos decirle cuánto le queremos y cuánto le debemos. Sí. Pedro Jorge Vera nos durará mucho más. Nos durará como la campana y siempre será eterna su melodía. Y ahora ratifico, a quince años de su muerte, que esa melodía sigue sonando magnífica y ufana en todos los escritores de mi generación que tuvimos la suerte de asumir su ejemplo político, humano y literario.

[Colección: Varios - Materia: Literatura - Libro - Formato: 24 x 16 - ISBN: 9789978627662 - Fecha: 2014/08 - Páginas: 202 - Precio: 20 - Editorial: Pedro Jorge Vera - Sede Nacional]


Pedro Jorge Vera

Novelista, poeta, dramaturgo y periodista nacido en Guayaquil el 16 de junio de 1914, hijo del Dr. Alfredo Vera Benavides y de la Sra. Leonor Vera Almendares.

Estudió en el Colegio Tomás Martínez, en el pensionado del maestro Nicolás Segovia y en el Vicente Rocafuerte, al que ingresó en 1926. Por esa época ya se había identificado bajo la bandera roja del Partido Comunista, y fue expulsado del colegio por intervenir en algunas huelgas y acciones políticas estudiantiles. Posteriormente fue readmitido en el colegio, y finalmente, en 1932 pudo graduarse de Bachiller.

Dos años más tarde, mientras trabajaba como secretario particular del Dr. Antonio Parra Velasco -Ministro de Finanzas del primer velasquismo- ingresó a estudiar leyes en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central de Quito. Ya por esa época había publicado varias poesías en el diario socialista quiteño «La Tierra» y en el «Bandera Roja», que aparecía quincenalmente en Guayaquil.

En 1935, luego de que el Dr. Velasco Ibarra rompiera la Constitución por primera vez y se proclamara dictador, volvió a Guayaquil y empezó a trabajar en El Universo, y al año siguiente, junto a Alfredo Pareja Diezcanseco publicó el periódico «España Leal», del que sólo aparecieron dos ediciones. Ese mismo año, cuando comenzó la represión del dictador Ing. Federico Páez en contra de las izquierdas del país, sufrió algunas persecuciones y tuvo que permanecer escondido.

En 1943 fue Secretario de la Alianza Democrática Ecuatoriana (ADE), y al año siguiente intervino en la Revolución del 28 de Mayo que puso fin al gobierno del Dr. Carlos A. Arroyo del Río. El 10 de agosto de ese mismo año, al instalarse en Quito la Asamblea Constituyente fue elegido Secretario de la misma, pero al año siguiente, cuando el Dr. Velasco Ibarra rompió su segunda Constitución, a pesar de haber contribuido para llevarlo al poder tuvo que esconderse para no caer preso.

Durante varios años se dedicó a escribir poemas y obras de teatro, y en 1958 fundó, junto a Alejandro Carrión, la recordada revista «La Calle», que alcanzó gran circulación nacional y a través de la cual combatió duramente al gobierno del Dr. Camilo Ponce Enríquez. Dos años después viajó a Cuba para asistir al Congreso de la COTAL y fue recibido personalmente por el «Che» Guevara. Posteriormente, junto a otros escritores viajó a China y a la desaparecida Unión Soviética (Rusia), países comunistas que le brindaron la oportunidad de entrevistarse con sus principales líderes: Mao Tse-Tung y Nikita Krushev.

A su regreso al Ecuador atacó nuevamente al Dr. Velasco Ibarra que ocupaba la Presidencia de la República por cuarta vez, y cuando meses más tarde el mandatario rompió nuevamente la Constitución, una vez más tuvo que esconderse para no ser aprehendido.

Al instaurarse en marzo de 1963 el régimen dictatorial de la Junta Militar de Gobierno que presidió el Calm. Ramón Castro Jijón, otra vez fue encarcelado y al poco tiempo desterrado a Chile. Posteriormente viajó a Cuba donde estuvo radicado pocos años y escribió dos importantes ensayos políticos relacionados con la situación en Chile y Haití.

Regresó a Quito en 1967 e inmediatamente volvió a publicar sus revistas y artículos periodísticos de carácter político, y en 1970, cuando el Dr. Velasco Ibarra rompió su cuarta Constitución y se proclamó nuevamente dictador, desató una intensa y acalorada oposición al régimen, razón por la cual -al igual que otras veces- sufrió la persecución del mandatario, quien ordenó que sea encerrado en el Panóptico donde permaneció durante tres meses.

Su extensa obra literaria abarca los campos de la poesía, el teatro y la novela. Se inició en las letras en el año 1937 con la aparición de su primer libro de poesías al que tituló «Nuevo Itinerario», al que siguieron luego «Romances Madrugadores» y «Túnel Iluminado», con la que en 1949 puso fin a su carrera poética. Como autor de obras de teatro escribió «El Dios de la Selva», «Hamlet Resuelve su Duda», «Luto Eterno», «La Mano de Dios» y varias «Estampas Quiteñas» que representó el notable artista Ernesto Albán con su personaje Evaristo Corral y Chancleta. Finalmente, en novela publicó, entre otras, «Los Animales Puros», «La Semilla Estéril», «Tiempo de Muñecos», «La Guamoteña», «El Ataúd Abandonado», «La Familia y los Años», «Los Mandamientos de la Ley de Dios»,  «El Pueblo Soy Yo» y, por último, «Jesús ha Vuelto», con la que en 1978 obtuvo el premio José Mejía.

Considerado como uno de los escritores con más amplia narrativa del Ecuador, en 1991 el gobierno del Dr. Rodrigo Borja le otorgó el premio «Eugenio Espejo», como un reconocimiento del Ecuador a su rica y talentosa producción literaria. Dos años más tarde,  en 1993 publicó su libro de memorias al que tituló «Gracias a la Vida», del que en 1998 apareció su segunda edición.

A los 85 años de edad continuaba produciendo obras de igual o superior calidad, y preparaba el lanzamiento de “El Tiempo Invariable”, cuando la muerte lo sorprendió -en Quito- el 5 de marzo de 1999.

Materias

Administración (4), Antología (11), Antropología (12), Arqueología (1), Arte (36), Bibliografía (2), Biografía (30), Biología (3), Biomedicina (2), Botánica (1), Catálogo (3), Ciencias sociales (5), Cine (5), Compilación (47), Cuento (77), Derecho (6), Educación (20), Ensayo (120), Fauna (1), Filosofía (1), Geología y ciencias del suelo (2), Historia (93), Investigación científica y tecnológica (7), Lingüística (2), Literatura (29), Musicología (13), Narrativa (62), Novela (53), Poesía (297), Relato (43), Religión (1), Revista Cultural (7),

Años

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